Cuando el estrés no se parece a estrés

Más que trabajo y responsabilidades

A menudo, cuando hablamos de estrés, pensamos en algo concreto y visible: el trabajo, las responsabilidades, los plazos, la vida que va demasiado rápido. Pero en la práctica, el estrés rara vez se presenta de una forma tan clara.

El estrés, en esencia, es una respuesta de adaptación. Es la manera que tiene el cuerpo de reaccionar cuando percibe que una demanda supera los recursos disponibles en ese momento. Y esa demanda no siempre es evidente, ni consciente.

Señales que no siempre vemos

En consulta veo muchas personas —y especialmente mujeres— que llegan con una sensación difícil de poner en palabras: presión en el pecho, ansiedad difusa, nudo en el estómago, fatiga constante, una inquietud que no se va. No siempre saben decir qué les pasa ni de dónde viene. Solo saben que algo no está bien.

Y eso también es estrés.

No siempre el origen es un evento puntual o un problema actual. Muchas veces es la suma de pequeñas tensiones sostenidas en el tiempo: dormir mal de forma crónica, vivir desconectadas del movimiento, pasar muchas horas bajo luz artificial, cargar con exigencias internas muy altas, sostener emociones no expresadas, o vivir en un estado de alerta permanente sin darse cuenta.

El cuerpo no distingue entre un estrés “importante” y uno silencioso. No diferencia entre lo emocional, lo físico o lo ambiental. Simplemente responde. Se adapta. Compensa.

Con el tiempo, esa adaptación constante deja huella.

 

Cuando el estrés se mantiene, el cuerpo empieza a expresarlo de otras maneras: tensión muscular persistente, rigidez, bloqueos, digestiones pesadas, respiración superficial, sensación de peso en el pecho. A veces el malestar aparece lejos de su origen, y eso genera aún más confusión.

Algo que observo a menudo es que, frente a esta sensación de malestar, muchas personas se exigen aún más. Aparece la idea de que hay que “mejorar ya”, entenderlo todo rápido, cambiar hábitos de golpe, hacerlo bien cuanto antes. Pero esa prisa por estar mejor suele añadir más presión al sistema que ya está sobrecargado.

Es, en el fondo, más estrés sobre el estrés.

Regular desde la escucha

Regular el sistema nervioso no es empujarlo a cambiar, sino ofrecerle seguridad. No se trata de forzarse a soltar, sino de crear las condiciones para que el cuerpo pueda hacerlo por sí mismo. La regulación no ocurre desde la exigencia, sino desde la escucha y el respeto al ritmo propio.

Comprender el estrés no significa aprender a relajarse más o hacer un esfuerzo adicional. Significa empezar a observar qué aspectos de nuestra vida obligan al cuerpo a compensar constantemente. Qué tensiones damos por normales. Qué cargas sostenemos sin cuestionar.

Y muchas veces, cuando miramos con más profundidad, descubrimos que la raíz del estrés no está donde creíamos, sino en ese esfuerzo silencioso por sostenerlo todo sin espacio para aflojar.

Pequeños pasos que puedes hacer para aliviar el estrés

  • Observa cómo se siente tu cuerpo: notar la tensión ya es un alivio.
  • Muévete a lo largo del día: caminar, estirarte o cambiar de postura; tu cuerpo está hecho para moverse, no para estar sentado horas.

  • Haz pausas breves y respeta tu ritmo: no hace falta arreglarlo todo de golpe.

  • Exprésate: hablar, escribir o simplemente dejar salir lo que sientes ayuda a relajarte.

  • Y si el estrés se mantiene o se vuelve abrumador, consultar a un terapeuta o profesional puede ayudarte a entender la raíz del estrés y ofrecer herramientas personalizadas para manejarlo.
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